jueves, 25 de diciembre de 2008

Sobre-Vivir A La Navidad

Es típico de tiempos navideños pasar por televisión “¡Qué bello es vivir!” (Frank Capra, 1946). Al margen de que la almidonada historia de George Bailey (James Stewart) transcurre en Navidad, son los valores que rezuma la misma los que hacen que esta película sea idónea para esta época del año (eso y que no paga derechos de autor por culpa de un olvido administrativo).


Pero existe otra película, un puntín más truculenta (aunque no por ello falta de sentido del humor), que hace hincapié en los mismos valores y de una forma un poco más “realista” (si me dejan utilizar la expresión). Me estoy refiriendo a “Vivir” (1952) de Akira Kurosawa.

En ambas películas es la experiencia de la muerte la causa del surgimiento de las buenas voluntades. En “¡Qué bello es vivir!” se trata de una muerte de ficción que hace comprender a su protagonista la importancia de su existencia y el reconocimiento de sus obras en el pasado. En “Vivir” la experiencia se vive desde el lado opuesto, pero se termina confluyendo en el mismo punto. Es la historia de un ser gris (un excelente Takashi Shimura) que no ha hecho nada por lo demás en toda su vida (no por odio a la raza humana en plan Señor Scrooge, sino por simple dejación funcional) hasta que descubre que tiene cáncer y ese hecho le hace replantearse toda su existencia.


Lo interesante en “Vivir” es que ese reconocimiento de la labor del personaje (que dedica sus últimos 6 meses de vida a impulsar la creación de un parque) llega de forma indirecta y en su funeral. En cambio, en “¡Qué bello es vivir!” se alcanza el rompimiento de gloria en una colecta popular, mediante la cual los convecinos de George Bailey le agradecen, con lo poco que tienen, el buen trato recibido en el pasado.

La lectura (ramplona) de ambas películas es que si te portas bien a lo largo de tu vida, tarde o temprano alguien te lo agradecerá. Este sentimiento, de profundo calado religioso, se pone de manifiesto de forma espontánea en períodos navideños. En realidad esta falsa preocupación surge como consecuencia de nuestro desvergonzado despilfarro consumista. O también puede venir de esa obligación social de reunificación familiar que imponen estas fiestas.

Al margen del sentimiento religioso (ese que aquéllos que se niegan a que un crucifijo cuelgue de la pared de un colegio parecen no desdeñar cuando se trata de disfrutar de estas vacaciones), las películas de Capra y Kurosawa nos plantean de manera más contundente el verdadero mensaje de la Navidad: ese período de reflexión que debería implicar de cada uno un examen de conciencia, aprovechando el cambio de año y a modo de catarsis espiritual, acerca de la validez o sentido último de nuestros actos.

A George Bailey le llega su catarsis por problemas económicos que lo incitan al suicidio (hasta que un atípico ángel redentor lo salva in extremis de su fatídico final a cambio de mostrarle cómo hubiese sido el mundo que lo rodea si él no hubiese existido). Al Señor Watanabe le llega su catarsis por problemas de salud que lo incitan a reflexionar sobre cuál sería su legado humano y que finalmente le llevan a gestionar una última obra reconocible por la que será recordado como un hombre ejemplar.


Sirva a modo de anécdota que la primera vez que tuve el gusto de ver “Vivir” en la tele me atraganté con una loncha de jamón serrano y tuve que hacer lo indecible para no ahogarme. Y si bien no llegué a vivir una epifanía como el Señor Watanabe, si que la escena me pareció de lo más apropiada teniendo en cuenta la película que estaba viendo. En mi caso fue un acto ajeno a la historia de la película, pero qué duda cabe que dicho acto ganó enteros en ese momento y le dio una nueva dimensión al guión de Kurosawa. Así que ahora que en Navidad nos ponemos todos hasta el ojete de comer, sólo quiero transmitiros una cosa: masticad bien. En cualquier momento podéis encontraros envueltos en una espiral de misticismo y no os va a quedar más remedio que reflexionar sobre lo que sois, lo que hacéis y a dónde vais. Y eso sí que es jodido hacerlo mientras intenta uno no atorarse…


P.D.: No engaño a nadie de este blog poniendo como fecha de publicación de este post el 25 de diciembre de 2008, pero por problemas técnicos no pudo publicarse en su día. Disculpen las molestias.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Matar A Un Ruiseñor

La muerte de un artesano como Robert Mulligan (un mero títere en las manos del productor Alan J. Pakula) debería aprovecharse (como voy a hacer yo aquí mismo) para recordar una de las más grandes películas jamás filmada: “Matar a un ruiseñor” (1962).


Sí, ya sé que detrás hay una novela rompedora ganadora del Premio Pulitzer, escrita por Harper Lee (excelentemente representada por Catherine Keener en la reciente “Capote”), pero la obra fílmica no tiene parangón. Bien es cierto que hace bastante que no veo esta película (y por tanto no tengo un recuerdo tan vívido como debería) pero el mero recuerdo de un personaje como Atticus Finch debería bastar para dar valor a toda la historia. Finch (o lo que es lo mismo, Gregory Peck, en una de las mejores interpretaciones que ha dado un actor en toda la historia del cine) es el paradigma de la bonhomía y de la rectitud moral.

Atticus Finch es el hombre bueno por excelencia. A lo que hay que aspirar. Una suerte de demiurgo terrenal que todo el mundo querría tener como padre, como amigo o simplemente como consejero. Existen pocos personajes como él en la historia del cine, pero a pesar de su cercanía como ser humano, Atticus Finch es posiblemente una de las grandes ficciones de nuestro tiempo. Quiero decir con esto que es más probable toparse con un extraterrestre que con una persona como Atticus Finch. Tiene además la virtud de no ser un personaje que se dedique a dar sermones o predicar con la palabra. Finch es una persona llana, simple, que esconde un pasado que ha moldeado su forma de ser. Él predica con acciones. Educa a sus hijos de la mejor manera posible. Pero no es perfecto. Lo que verdaderamente apreciamos de Atticus es su integridad y su coherencia.


¿Es la coherencia un rasgo propio del ser humano? La realidad nos demuestra que es justo lo contrario. Para poder ser coherente hay que ir contra natura. Hay que esforzarse. Lo normal es ser incoherente. Decir una cosa y hacer la contraria. Pero Atticus se apoya en la Ley, esa manifestación abstracta de la voluntad popular, esa dictadura de lo correcto, para alcanzar esa excelencia ética que envidiamos.

“Matar a un ruiseñor” es una película ejemplar. Pero no en el sentido impositivo del término. Se trata de una historia que lleva a la reflexión y que una vez superadas las incongruencias sociales propias de la época en la que se concibió, ofrece tantas respuestas como la Biblia. Es decir, ninguna aparentemente pero a la vez todas si se interpreta de la forma que uno quiera.

Y luego está el Sur, el lugar donde transcurre esta historia de héroes y villanos, de monstruos y ángeles, de niños y adultos. Ese lugar cuasi-mágico donde la música es el elemento más vital, donde negros y blancos aún no han aprendido a vivir en armonía. Ese caldo de cultivo de la cultura norteamericana: el gótico sur, a mitad de camino entre la pobreza de la realidad social y los cuentos fantásticos de la tradición de miles de culturas.


Todo esto hace de “Matar a un ruiseñor” una obra universal, sin barreras, y que sin embargo representa el canon por el que se mide el cine norteamericano. No debería resultar extraño que un joven con la cabeza llena de aviesas ideas se pueda ver impactado por un personaje como Atticus Finch. No debería resultar extraño que ese joven quisiese ser de mayor abogado para ser como Atticus Finch. No debería resultar extraño, por tanto, que el visionado de “Matar a un ruiseñor” hiciese a un joven amar el cine para siempre.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Discos Ocultos: Afro-Harping

Un disco con un título como "Afro-Harping" (1968) no debería pasar desapercibido. Sobre todo si quién lo firma es una señora (Dorothy Ashby para más señas) y lo publica una filial de la Chess como es Cadet Records, especialidad en música soul.


Pero detrás de esos datos hay mucho más. "Afro-Harping" es un disco instrumental dominado por un instrumento tan inusual como el arpa (desde las grabaciones de Harpo Marx no se escuchaba nada igual, ¿eh?) que capitanea los 10 temas que componen este elegante disco de jazz, bossa, lounge, soul, funky y pop.

Pero no se trata de una mera rara avis de género. La verdad es que "Afro-Harping" es uno de los discos más inquietantes, hermosos, calculados y sentidos que pueda ofrecer ese híbrido denominado soul-jazz. Liderando la nave de estas grabaciones se encuentra Richard Evans, productor de éxito empeñado en dar el protagonismo que merece a los instrumentos de cuerda. Partiendo de composiciones suyas ("Soul Vibrations" o "Lonely Girl") y de la propia Ashby ("Games", "Action Line" o "Life Has Its Trials") para culminar repasando el catálogo de inevitables como André Previn o Burt Bacharach, "Afro-Harping" suena fresco, coherente, como si de alguna forma evitara caer en el conformismo de otras grabaciones de la época que se limitaban a interpretar clásicos de una forma más o menos jazzísticas.

Aquí encontramos jazz de primer nivel, con baterías y percusiones al más puro estilo funky y atrayendo toda la atención los atrevidos solos de arpa de Dorothy Ashby, auténtica maestra en su género que si bien con el tiempo terminó trabajando para gente como Stevie Wonder o Earth, Wind And Fire, no supo capitalizar en su día el atrevimiento que representaban grabaciones como este "Afro-Harping". Así que para eso lo recuperamos. Para volver a poner a Dorothy Ashby en el lugar que merece dentro de las grandes de verdad.

lunes, 15 de diciembre de 2008

La Obra De Culto

Hay un concepto que circula libremente y sin carné por las avenidas del arte en su máxima expresión. Se le conoce como “obra de culto” y para nada tiene que ver con los rituales de carácter religioso. Una “obra de culto” bien puede ser, como me recordaba el otro día el buen Vidal, la novela “Vía revolucionaria” (1962) de Richard Yates (de reciente adaptación cinematográfica). Se dice que una obra es “de culto” cuando la misma logra empatizar de manera enfermiza con cierto sector poblacional que hace de su historia, diálogos o significado una forma de ser o de vivir.


Hemos hablado aquí, enfermizamente (nótese la conexión), de la sitcom “Búscate la vida” (1990-1991), que es sin duda uno de los más claros ejemplos de “obra de culto” de los últimos años. A pesar de su escasa repercusión mediática (la serie no alcanzó en ningún momento de su emisión cuotas de pantalla reseñables) y crítica favorable (en sus inicios las surrealistas historias de Chris Peterson fueron incomprendidas por gran parte de los analistas televisivos), “Búscate la vida” es hoy día seguida con devoción por unos pocos marcianos que llevan las enseñanzas de Chris hasta sus últimas consecuencias.

Pues bien, esta insobornable introducción viene a cuento porque el otro día vi la película que podría situarse como el paradigma de la “obra de culto”. Se trata de un film fechado a mediados de los 70 que hoy día sigue siendo proyectado de manera incansable en ciertos cines de todo el mundo y cuyos seguidores han transformado cada proyección en un ritual nocturno que debe seguirse cuidadosamente. Hablo de “The Rocky Horror Picture Show” (Jim Sharman, 1975) y de la que puedo decir alto y claro que es el mayor esperpento que me he echado a la cara en los últimos años.


Sin ánimo de desbaratar los misterios que el visionado de una película tan oscurantista como la mencionada pueda guardar, finjamos que la historia de esta “obra de culto” va sobre la pérdida de la inocencia, ejemplificada ésta última en una estrecha y modosita pareja formada por Susan Sarandon y Barry Bostwick, a la que el destino le tiene preparada una fatídica jugada y los conmina a adentrarse en los malévolos mundos de una banda de extraterrestres transexuales (tal cual suena) que juegan a ser Dioses entre los humanos. Que nadie se tire de los pelos, porque no estoy haciendo de spoiler. Este hecho queda refrendado en los primeros 10 minutos de la película.

Hasta aquí bien, ¿no?. Añadamos al cocktail que la película es un musical de carácter retro (de hecho la película es una traslación de un espectáculo de Broadway que se presentó unos pocos años antes), con tintes de música glam y mucha pluma gay (no obstante, los extraterrestres son transexuales, ¿recuerdan?) y que para colmo la historia es un pastiche de las pelis clásicas de terror y ciencia ficción (homenajes velados a la RKO, “King Kong” o a “La novia de Frankenstein”, por ejemplo).


¿Y qué queda tras todo esto? La más absoluta de las bizarrías, mamarrachadas y excentricidades que uno se pueda echar a la cara. Y una historia sin sentido (salvo que uno finja que lo tiene, claro está). Digamos que “The Rocky Horror Picture Show” hace que “Mal gusto” (1987), la primera y gore película de Peter Jackson, parezca “Ciudadano Kane”. ¿Es una mala película? No lo sé, pero mucho me temo que debe ser de las peores de la historia. ¿Merece el culto que mantiene incluso hoy día? Ciertamente no. ¿Lo mereció alguna vez? Ciertamente sí. Porque hay que tener un par de bemoles para rodar esa espantajería y luego poder dormir por las noches.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Dalí, Je Te Salue, Je T'embrasse

Salgo de mi autoimpuesto retiro blogístico por culpa de Dalí. O mejor dicho, por culpa de todos los seguidores del genio catalán. El pasado fin de semana tuve la suerte de ver un documental sobre la obra de D. Salvador en el cine. Cómo no recordar sus encuentros con el maestro Hitchcock en “Recuerda” (1945) -valga la redundancia- o con el gélido amigo de los niños Walt Disney en aquélla obra póstuma de reciente publicación titulada “Destino” (2003).


Pero lo mejor de Dalí no quedó en el cine. Quedó en sí mismo. En su figura. En los efectos que su mera presencia generaban. Comentaron en el documental de marras la anécdota por la cual nuestro surrealista más universal se lió a mandoblazos contra un ejército de maniquíes en un escaparate de la Quinta Avenida neoyorquina, actuación que le valió una visita a la cárcel, de paso. También es famosa su aparición en una presentación ante la jet-set norteamericana disfrazado de buzo. Esta escena fue homenajeada por el gran Michael Chabon en su inagotable “Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay” (2000).

Por mí parte, Dalí siempre estará asociado a ese gran momento televisivo en el que le mandaba un caluroso recuerdo a su amigo Don Pablo: "una polla xica pica ballarica camatorta i bacarica va tenir sis polls xics pics ballarics camatorts i bacarics...". Vaya por delante que esta frase ha sido para mí uno de los momentos seminales de mi adolescencia. Y es que ante semejante grandeza poco tiene uno que añadir… si no fuera porque vengo observando desde hace unos meses que en cierta plaza de miciudad han colocado una serie de estatuas del creador y que dichas estatuas estaban siendo utilizadas como posavasos.


Hoy por fin se han dignado en los medios a hablar del tema. Y es que se ha tenido que llevar al fan daliniano hasta el extremo para llamar la atención: una de las obras de arte ha amanecido en el suelo ("Tritón Alado" para más señas), y eso ha desatado la ira del vecindario. Injuria al Arte!!! En cambio, durante meses han ido viendo como los convecinos depositaban bolsas de patatas, colillas, vasos de plástico y bufandas sobre las piezas. Bueno, no sobre todas. La estatua dedicada a Jesucristo siempre ha estado intacta, ¿eh?, que eso es pecado.

Dalí ha tenido que llegar a miciudad para poner de manifiesto de nuevo cuánta hipocresía corre por las aceras. Pero yo me pregunto ¿no hubiese preferido Don Salvador que sus estatuas estuvieran llenas de porquerías y tiradas en el suelo? ¿no sería eso más surrealista? ¿acaso resulta que los habitantes de miciudad son unos connosieurs del arte vanguardista?


Al margen de criticar el aparente vandalismo, sirva la noticia para rememorar a uno de los grandes de verdad. Un ser que estuvo a punto de rodar una película con los hermanos Marx (se comenta que hizo buenas migas con Harpo, el mudito), un individuo que imaginaba a señores en el metro regalando huevos fritos a las señoras mientras alentaban a la masa a formar parte de algún tipo de movimiento artístico-transgresor, un señor que con sus tonterías nos hizo reír y pensar a partes iguales y que, por encima de todo, es una fuente inagotable de chorradas. Así el arte sí que es accesible. Así el arte sí que es total. Así sí. Yo te saludo, Dalí!!!!

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Discos Ocultos: Mose Allison Sings

El disco de hoy es canela en rama. Y hasta es probable que no sea tan “oculto” como debería, pero qué diantres, me apetece reivindicar la figura de este elegante y eterno segundón del jazz que es Mose Allison y que tanto ha influido en el mundo del pop. Para ello os traigo este exquisito “Mose Allison Sings” (1957), publicado por el sello Prestige y que creo que es bastante accesible (incluso diría que el otro día lo vi de súper oferta en unos famosos grandes almacenes de miciudad).


Empecemos por un tema sin trascendencia pero que puede llevar a error. Tras mucho indagar he concluido lo siguiente: “Mose Allison Sings” se publicó originariamente en 1957, pero en 1963 se reeditó una especie de versión extendida (con el orden de los temas cambiados y algunas grabaciones de 1958 y 1959) que es la que hoy pulula por las tiendas de discos. Así que aunque en el CD pueda poner 1963, las grabaciones son todas de finales de los 50 y obedecen casi al 100 % a un Lp publicado como tal en aquélla fecha.

El segundo tema a destacar es que Mose Allison (piano y voz), en estas grabaciones, se encuentra acompañado exclusivamente por bajo (Addison Farmer o Taylor LaFarge) y batería (Frank Isola, Ronnie Free o Nick Stabulas), por lo que el sonido de dichas sesiones es bastante austero y remite más a las grabaciones del Nat “King” Cole Trio de los años 40 que a otro tipo de jazz que se estuviera grabando por aquél entonces (Coltrane, Davis…).

Lo curioso del tema es que el estilo vocal y pianístico de Allison, a pesar de la aparente sencillez, ha sido uno de los más copiados, venerados y homenajeados en toda la historia del pop. Vaya por delante que sus canciones han sido grabadas por The Who, John Mayall, The Clash, Van Morrison y el principal seguidor de su particular estilo ha sido Georgie Fame que cada vez que puede lo cita como gran influencia.

¿Cuál es el secreto de este pianista? Pues haber interpretado como nadie canciones como “The Seventh Son” (de Willie Dixon), “Eyesight To The Blind” (de Sonny Boy Williamson) o “Lost Mind” (de Percy Mayfield) y haber compuesto temas inmortales como “Parchman Farm” y “Young Man”, que hoy día son standars dentro del R&B. Personalmente creo que el acierto de Allison fue el actualizar temas del blues y el swing más clásico mediante relecturas asequibles para el gran público, dándoles a su vez un toque personal e inconfundible (¡esa voz!).

Allison sirvió de puente entre varias generaciones, construyó una nueva forma de fusionar el jazz con el R&B y con el pop y su influencia ha sido inmensa desde entonces. Y lo mejor es que lo más granado de su repertorio clásico se puede encontrar de un tirón en este insuperable disco.

martes, 2 de diciembre de 2008

Madre y Obra

El otro día soñé con uno de los lectores asiduos de este blog. O mejor dicho, soñé con su ausencia. La cosa va como sigue: el parroquiano (como él mismo se ha autodefinido) en cuestión fallecía sin que en mis memorias conste causa o motivo. Nos dejaba en plenitud de facultades, pero la descarada Muerte optó por llevárselo a él en lugar de a otros parroquianos (mejor para el resto ¿no?).

El susodicho en cuestión dejaba atrás una obra póstuma, sin mostrar al público, que era la gran pena de su santa Madre. Constaba dicha Obra de un montaje de ordenadores de la época de la Guerra Fría (o al menos así los describiría) conectados entre sí y que en su conjunción elaboraban un mantra cósmico, una suerte de performance electrodinámica que ponía los pelos de punta (no sé si por el horror que causaba el sonido o por la electricidad estática que generaba tanta máquina junta).


Con la intención de rendir profundo tributo a su hijo recién fallecido, la Madre organizaba en cierta plazuela de un barrio de miciudad la puesta de largo de la Obra. A tan magno evento acudíamos todos los que conocíamos al finado. Me recuerdo con una pena especial al recordar la pérdida del ser querido y también soy capaz de visualizar a ciertos personajes que nada tenían que ver con el momento o lugar que estábamos viviendo.

Y entonces el dinosaurio ya se había ido. Yo, que en tiempos mozos me dio por leer al bueno de Freud, no he sido capaz de poner en pie, ni lejanamente, los referentes que este sueño/pesadilla me ofrece en su ingrata representación. Es cierto que el mismo, dentro de su inconsciencia, presenta una serie de elementos en conexión directa con la realidad. El difunto colega me ha reconocido que la historia es, al menos para él, divertida. Pero la duda me corroe ¿debo extraer algún tipo de mensaje oculto de semejante galimatías? ¿hay alguien ahí fuera (o ahí dentro, porque ya se sabe que las indigestiones hacen buenas migas con las distorsiones de la realidad y si no que se lo digan a aquél que meses después de su construcción seguía insistiendo qué cuándo iban a construir un puente en Dubai) que me está queriendo decir algo? ¿qué es un zambombín?


Repasemos pues mi cena del día anterior: queso de bola, albóndigas caseras, refresco de cola, yogur natural azucarado… todo susceptible de estar en mal estado o caducado, qué duda cabe. Pero sinceramente no me levanté con mal estómago, así que creo que aquí no estuvo la causa.

En cambio, repaso mentalmente las últimas imágenes que se quedaron grabadas en mi retina antes de planchar la oreja: ordenadores. Grandes y enormes ordenadores, con motivo de la noticia que el telediario estaba dando en relación con el aniversario de Internet. Ahí podría estar una de las respuestas, pero soy incapaz de asociarla con el resto de elementos.

Lo curioso es que tras comentar mi ensoñación con el ausente protagonista me he agenciado de gratis un libro de Guillermo Fadanelli. ¿Sería este el motivo verdadero de tanta incoherencia? ¿Voy a encontrar alguna respuesta en dicho libro? Lo veremos en el próximo episodio de “Madre y Obra”…

Yes! Yes! Yes! It's My Autumn Almanac!