
Pero existe otra película, un puntín más truculenta (aunque no por ello falta de sentido del humor), que hace hincapié en los mismos valores y de una forma un poco más “realista” (si me dejan utilizar la expresión). Me estoy refiriendo a “Vivir” (1952) de Akira Kurosawa.
En ambas películas es la experiencia de la muerte la causa del surgimiento de las buenas voluntades. En “¡Qué bello es vivir!” se trata de una muerte de ficción que hace comprender a su protagonista la importancia de su existencia y el reconocimiento de sus obras en el pasado. En “Vivir” la experiencia se vive desde el lado opuesto, pero se termina confluyendo en el mismo punto. Es la historia de un ser gris (un excelente Takashi Shimura) que no ha hecho nada por lo demás en toda su vida (no por odio a la raza humana en plan Señor Scrooge, sino por simple dejación funcional) hasta que descubre que tiene cáncer y ese hecho le hace replantearse toda su existencia.

Lo interesante en “Vivir” es que ese reconocimiento de la labor del personaje (que dedica sus últimos 6 meses de vida a impulsar la creación de un parque) llega de forma indirecta y en su funeral. En cambio, en “¡Qué bello es vivir!” se alcanza el rompimiento de gloria en una colecta popular, mediante la cual los convecinos de George Bailey le agradecen, con lo poco que tienen, el buen trato recibido en el pasado.
La lectura (ramplona) de ambas películas es que si te portas bien a lo largo de tu vida, tarde o temprano alguien te lo agradecerá. Este sentimiento, de profundo calado religioso, se pone de manifiesto de forma espontánea en períodos navideños. En realidad esta falsa preocupación surge como consecuencia de nuestro desvergonzado despilfarro consumista. O también puede venir de esa obligación social de reunificación familiar que imponen estas fiestas.
Al margen del sentimiento religioso (ese que aquéllos que se niegan a que un crucifijo cuelgue de la pared de un colegio parecen no desdeñar cuando se trata de disfrutar de estas vacaciones), las películas de Capra y Kurosawa nos plantean de manera más contundente el verdadero mensaje de la Navidad: ese período de reflexión que debería implicar de cada uno un examen de conciencia, aprovechando el cambio de año y a modo de catarsis espiritual, acerca de la validez o sentido último de nuestros actos.
A George Bailey le llega su catarsis por problemas económicos que lo incitan al suicidio (hasta que un atípico ángel redentor lo salva in extremis de su fatídico final a cambio de mostrarle cómo hubiese sido el mundo que lo rodea si él no hubiese existido). Al Señor Watanabe le llega su catarsis por problemas de salud que lo incitan a reflexionar sobre cuál sería su legado humano y que finalmente le llevan a gestionar una última obra reconocible por la que será recordado como un hombre ejemplar.

Sirva a modo de anécdota que la primera vez que tuve el gusto de ver “Vivir” en la tele me atraganté con una loncha de jamón serrano y tuve que hacer lo indecible para no ahogarme. Y si bien no llegué a vivir una epifanía como el Señor Watanabe, si que la escena me pareció de lo más apropiada teniendo en cuenta la película que estaba viendo. En mi caso fue un acto ajeno a la historia de la película, pero qué duda cabe que dicho acto ganó enteros en ese momento y le dio una nueva dimensión al guión de Kurosawa. Así que ahora que en Navidad nos ponemos todos hasta el ojete de comer, sólo quiero transmitiros una cosa: masticad bien. En cualquier momento podéis encontraros envueltos en una espiral de misticismo y no os va a quedar más remedio que reflexionar sobre lo que sois, lo que hacéis y a dónde vais. Y eso sí que es jodido hacerlo mientras intenta uno no atorarse…
P.D.: No engaño a nadie de este blog poniendo como fecha de publicación de este post el 25 de diciembre de 2008, pero por problemas técnicos no pudo publicarse en su día. Disculpen las molestias.

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